EN CASA DE RAIMUNDO AMADOR

Aunmetro:deSevilla entrevista a una leyenda viva del mundo de la música, un guitarrista de los grandes: Raimundo Amador. Con su eterno gesto amable y haciendo gala de una enorme hospitalidad dio un breve repaso a su carrera musical con compañeros de viaje como BB King.

 ¿Cuáles son tus primeros recuerdos con la guitarra y con la música?

Creo que cuando está uno en el vientre de la madre se perciben las cosas. Mi padre tocaba desde que tengo uso de razón. Cuando empecé a coger su guitarra se la llevaba al trabajo para no dejarla allí porque se la iba a partir. Entonces yo cogía cartones y tocaba con lo que podía.

Naciste en Sevilla y te criaste en el barrio de las 3.000 viviendas. ¿Cómo fue tu niñez?

Al nacer viví en una de las chabolas junto a la Expo, con más familias gitanas. Después a mi padre le ofrecieron trabajo en la base militar americana de Rota. Cuando terminó volvimos, pero habían tirado las chabolas y nos dieron casa en el polígono de San Pablo. Mi padre me compró una guitarrilla, y en el escalón de mi casa tocaba y tocaba. Con 9 años gané con mi primo una “velá” en el Cerro del Águila de fandango y soleás. Con 13 fui al Polígono del Sur, a las casitas bajas porque nos dieron un piso, pero no lo queríamos porque estábamos acostumbrados a vivir en bajo. Cuando tiraron esos pisos nos fuimos ya a las 3.000.

Tiene mucho mérito lo que has logrado teniendo en cuenta que comenzaste desde cero…

La verdad es que estoy muy orgulloso. Además me gusta mirar hacia atrás, ver de dónde vengo y no olvidarme.

 ¿Qué es lo que más te atrae de Sevilla?

Lo que más me ha dado son las 3.000, mi barrio. Lo que más me atrae es la Plaza de doña Elvira, el barrio de Santa Cruz… Suena muy bien la guitarra en esa placita con la fuente, el sonido del agua…

 ¿Qué te parece la declaración del flamenco como patrimonio cultural de la Humanidad?

Son muchos puntos a nuestro favor. El flamenco es una de las músicas que tenemos en España que es nuestra es muy nuestro, aunque pensáramos todos que era una música de bares y de borrachos.

 Hay una pregunta obligada… y es que nos cuentes la historia de la canción del “Bolleré”…

Yo antes fumaba, ahora ya no… aquí el papel (de liar cigarrillos) te hacía llorar, te picaban los ojos… Cuando fui a Francia con Cathy Claret a hacer su disco, me traje 400 libritos de papel. El título viene de la marca OCD, que tiene un modelo que se llama Bolloré, pero como yo hablo a mi aire decía Bolleré… La mía era una versión de su canción Bolleré.

¿Qué aprendiste de Camarón y qué crees que aprendió Camarón de ti?

Algo aprendió de mí, sino no seríamos tan amigos. Yo de él he aprendido muchas cosas. No a cantar, desde luego, porque yo canto fatal. No soy cantaor, soy trovador y lo tengo claro. Pero sí he aprendido la sencillez. Reivindico eso, la sencillez del mejor cantaor de la historia. Antes de morir me decía que quería hacer otro disco más arriesgado que La leyenda del tiempo. Desgraciadamente se fue, pero estaba dispuesto a volver a mojarse.

 Además de la música, ¿qué hobbies tienes?

La cocina me gusta mucho. Y la familia. Aunque tenemos nuestras cosillas… todo color de rosa no puede ser, porque sería mentira. La perfección no existe.

¿Cuando sales al extranjero qué es lo que más echas de menos?

La gente, el ambiente de aquí, los olores, que cambian… En América las hamburguesas y eso no me gustan. Mi hijo Raimundo está enganchado. Ponle una comida de lujo de marisco, que pasa de eso. Llévalo a un McDonalds y verás cómo le gusta más que nada. Roma, por ejemplo, tiene otro rollo, es más mediterráneo. Las pizzas, las pastas… que por cierto las cocino mucho.

Polifacético entonces…

En eso sí, pero no me llevo muy bien con estas cosas (señalando a la grabadora). No me aclaro. Ni con los ordenadores, las máquinas… No me llevo bien con la tecnología. Tengo amplificadores con efectos, programables y tengo que pagar a un chico para que lo haga. Además no me gusta. Prefiero el sonido natural, los pedales… Con una mesa de mezclas me apaño, con el ratón no. Soy muy “rústico” en ese aspecto. Mi hijo en cambio es muy bueno, edita bien la música… no podría haber hecho el disco sin él. Unimos la parte rústica y la de la tecnología moderna.

 ¿Cuántas cuerdas puedes romper al año?

Buf… muchas. Si viene la familia a los bolos parto muchísimas. Cuando viene “la Antonia” (risas)… los técnicos se dicen unos a otros: cuidado que viene “la Antonia” hoy… Recuerdo el festival de blues de Antequera, llevaba dos guitarras pero es que en el mismo tema partí una cuerda de cada guitarra y tuve que pedir una prestada. Sobre todo las (cuerdas) primas de las eléctricas “me las bebo”, son como flanes. Y de las flamencas se cuartea la cuarta cuerda. Una vez con BB King partí el bordón, la cuerda gorda de arriba, pero fue cuando mejor toqué. Me mosqueé y la gente acabó de pie aplaudiendo. Lo malo es que se parta una cuerda del medio. Una prima o el bordón no es tan problemático.

 ¿Alguna anécdota que te haya ocurrido a lo largo de tantos años en la música?

Grabé tanto en Madrid que éramos como una familia. Al principio se asustaban un poco de nosotros, me lo confesaron después. Hay una anécdota… el encargado del estudio, decía: “una vez, nada más llegar con tu familia, fuiste al supermercado a comprar bocadillos y compraste una sandía. Y rajaste la sandía encima del piano de cola”. Le contesté “¿por qué no me dijiste nada?” y me respondió “porque estabas con la navaja allí y me cagué… pensé: parte el piano, rájalo o haz lo que quieras…”

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